Una vez, hace muchos años, leí una frase fantástica en una revista:

Antes de iniciar la labor de cambiar el mundo, da tres vueltas por tu propia casa”

Me resultó maravillosa. Claro que para mí tenía muchísima importancia. Ya tenía mi movilidad reducida cuando lo leí. Mi discapacidad me cerraba muchas puertas, y aunque me abría muchas otras que estaban por descubrir -ya os lo contaré en Mi Historia-, veía frustrada mi ilusión de irme al extranjero a ejercer mi carrera de Derecho. Pero sin embargo me decía algo fundamental. Me decía: «Ana, no necesitas ser misionera en África para agradar a Dios, aquí mismito, en casa, puedes llevar a cabo tu misión.» ¡Qué maravilla!  y si te das cuenta, puede que sea una gran idea también para ti: tú, que tienes tus propias razones para no irte lejos, que sepas que El Señor quiere que nos amemos  unos a otros, y esos «otros» están cerca, en tu casa, igual lo tienes al lado…

 

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Navidad II

y aquí va la segunda

Con el que, siempre con tino

Tu camino continuar,

Sin ver tus fuerzas menguar.

Y con instinto felino,

Quiso,  como agua en vino,

Nuestro universo cambiar,

 Nuestros pasos desviar

Hacia el sagrado monte

Al final del horizonte,

Dónde por siempre morar.

Navidad

¡Hola! Os he escrito una poesía navideña que espero os guste. Por supuesto, es una décima. ésta es la primera estrofa:

Baja gloriosa del cielo

Estrellita fulgurante,

Peregrino caminante

La persigues con anhelo.

Ella arriba, tú en el suelo,

Te esfuerzas en  el camino

Por conseguir el destino

Que desde siempre soñaste

Que tan fuerte deseaste:

Alcanzar el don divino.

Volverá

No voy a hablaros de mi historia. Estoy un poco pof y mi historia es demasiado maravillosa como para estropearla contándoosla con una mentalidad negativa. Ahora, eso si., aunque me cueste, quiero deciros esto, porque sé que es la verdad: Mi historia es única.  Grandiosa. Porque es Dios quien la ha hecho. He llegado a sentirme afortunada de estar como estoy y eso sé perfectamente que sólo  Dios me ha podido conceder esta forma de pensar, que sin duda es un don. Y yo sé que volverá mi alegría y os podré «contagiar» este don. Todo llegará.

Como dije en mi anterior entrada, Dios está probando mis fuerzas, y dándome un poco de las suyas, y por eso sé que no debo quejarme, porque ansío estar con Él y estoy convencida de que lo lograré.

Una última cosa: aunque no me vea con ánimo, quiero que todos los que os sintáis pof , sepáis que esta entrada es vuestra propia entrada, y si os la aplicáis,  -sobretodo el segundo párrafo-acabareis, como yo, viendo a Dios.

Increíble

Se volvió a ir internet. Toooodo el finde sin poder escribiros ¡buaaa! Y lo peor es que he estado centrando toda mi preocupación en el dichoso ordenador, como también lo hice -y lo hago, aunque un pelín menos- con el móvil, que no lo entiendo.

Pero se me ha ocurrido una idea estupenda para explicarme tanta estupidez por mi parte.

Pienso que Dios, en su infinita misericordia, me mandó su prueba (ver la entrada «El empujón») y en ella concentró toda mi preocupación en esos dos cacharros infernales -y nunca mejor dicho- para evitarme la que debiera ser mi preocupación primordial: mi padre, que está ya muy muy flojito, y se va a ir al cielo en cualquier momento. Y ese instante no lo puedo asumir. Aún sabiendo que irá a un lugar mejor,  como le ocurre a todo ser humano, no puedo evitar sentir un rechazo total ante su partida y por supuesto, tristeza  Y Dios lo sabe. Sabe  que me siento terriblemente pecadora por todo lo que se  me está pasando por la cabeza, y sin embargo me sigue ayudando. Me sigue dando su perdón.  Inexplicable. Los hombres tenemos tanto que aprender…Pidámosle todos al Espíritu que nos conceda, siquiera, echar una miradita -con los ojos de nuestro corazón, claro- en el corazón del Señor y poder así aprender en qué consiste realmente el verdadero sentimiento de perdón, el que todos deberíamos practicar,  porque creedme, tras sentirme   perdonada y amada por Dios, creo poder decir que no tenemos ni idea de lo maravilloso que es.

¡Hola! No creáis que os dejé abandonados. No no. Es que mi internet decidió tomarse el día libre. Y claro, no pude hacer nada. Y toda esta mañana quiso continuar ausente. Mil cosas hice ayer y hoy por intentar que volviera , pero sin éxito, me rendí. Sin embargo, esta tarde, habiendo encendido el ordenador, y comprobado  de nuevo mi temor fundado, me dediqué a otras labores que sí funcionaban. Cuando  de pronto un pálpito, una seguridad increíble de que había vuelto, me hizo guardar y cerrar mi trabajo para celebrar ¡albricias! su regreso.

Y aquí estoy.

¿Os dais cuenta? Tal vez éste sea un suceso estúpido, pero yo por lo menos, veo algo en él. Os lo cuento: ya había tirado la toalla cuando, sin más, creí en mí misma, en mi deseo. Dejé algo interesante y obtuve el premio. Perfecta similitud, creo yo: con una fe absoluta y verdadera, sin duda ninguna, abandonando todo aquello que creamos fundamental, hallaremos a Dios, que es lo que más deseamos, lo verdaderamente importante en nuestra vida. Ya sé que una Fe tal parece inalcanzable. Pero «Pedid y se os dará» dice el Señor ¿no?

M H II

…Actualmente, claro.

Porque no creo que entonces pensara lo mismo. Bueno, de hecho,  no creo que los primeros años tuviese tiempo –ni fuerzas-  para pensar nada ya que debía recuperarme a marchas forzadas, que me quedé hecha un higo. Fue todo tan repentino que ni me di cuenta. Sólo recuerdo hechos puntuales, momentos lúcidos en que notaba que todo era distinto. Y no me gustaba. ¿Y entonces cómo sé todo esto? ¿Cómo puedo decir que fue un cambio para mejor? Pues lo fue. Ahora lo sé  Pero ¿Cómo? Pues por algo que ya conocéis: mis escritos. Digo yo ¿Cómo podía escribir unos pensamientos tan razonados, tan positivos, cuando mi mente estaba tan borrosa?  ¿Cómo? Pues yo lo tengo muy claro. Fue Dios quien me ayudó a escribir. Él me dio las fuerzas que entonces no tenía. Y esto lo digo sencillamente porque no se me ocurre otra explicación, ¡Ah! Y además lo sé porque escribí que Dios  me estaba ayudando. Pero os prometo que no lo consigo evocar.

 

Incisito

«Deseando te buscaré, buscando te desearé, amando te hallaré  y hallándote te amaré»

Frase de San Anselmo de Cantorbery por la que me he permitido hacer un inciso y destacar su belleza.

Lo  verdaderamente curioso e interesante, es que pareciendo un simple juego de palabras. encierra una verdad enorme: Todos deseamos encontrar al Señor, y por eso incansablemente le buscamos, y en esa búsqueda puede que a veces caigamos, puede que nuestras fuerzas flaqueen, puede incluso que alguna vez, como Pedro, le neguemos, pero lo que nunca fallará es nuestro deseo de encontrarle. Y si, en nuestro camino, cumplimos los dos grandes mandamientos del amor, sin duda hallaremos a Dios. Y en ese momento…¡bufff! Pregunta a Anselmo.