Capítulo I-1

Me han pasado tantas cosas buenas desde entonces, que no sé muy bien cómo empezar a contártelas, ni sé tampoco si seré capaz de expresar en palabras unas sensaciones que han sido totalmente nuevas para mí; pero hay algo que sí sé, y es que quiero compartir contigo todo esto, así que voy a intentarlo. Como ya dije, al principio no comprendía lo que pasaba, pero en algún momento lo empecé a entender. Entonces, mi familia fue estupenda conmigo, intentando siempre ponérmelo todo más fácil, y muchas veces lo conseguían, pero muchas veces no. Y no por mi culpa ni por supuesto por la suya, sino  por ese “algo” que empecé a sentir sin apenas darme cuenta. Ese algo que todos llevamos  dentro y que un buen día da señales de vida, te aseguro que lo cambia todo. Y sin duda, para bien, aunque al principio, nos deja un poco desconcertados, y hasta nos enfadamos con nosotros mismos y también con los demás, porque no lo entendemos y nos asusta (que es lo que me pasó a mí),  pero a la larga descubres que es algo bueno… no sé bien cómo contarlo

M.L. prólogo4

Por desgracia, durante las primeras semanas tras salir del hospital, mi dolor y mi rabia no querían saber nada más allá de la terrible injusticia que me había sucedido. Continuamente estaba deprimida; no lo recuerdo, pero lo sé porque lo escribí en un diario. Durante todo ese periodo ¿Quién sabe si fueron uno, dos o tres años?, Dios siempre estuvo a mi lado. Y, hasta ahora.

Esto es porque me pareció corto el texto, pero como es el final del prólogo, así debía ser. Este extracto es de un salmo es precioso.

Aunque la higuera no echa yemas y las viñas no tienen fruto, aunque el olivo olvida su aceituna y los campos no dan cosechas, aunque se acaban las ovejas del redil y no quedan vacas en el establo, yo exultaré con el Señor, me gloriaré en Dios, mi salvador. El Señor soberano es mi fuerza, él me da piernas de gacela y me hace caminar por las alturas.

M.L. prólogo 3

Un día, de pronto, me llené de angustia. Empecé a darme cuenta de la realidad: nada era como antes. Todavía no entendía bien qué pasaba, estaba hecha un auténtico lío, sólo comprendía que me pasaba algo, y “eso” me estaba quitando el aire. Poco a poco, y a medida que iba recuperando, al menos, mis capacidades básicas, esa lenta mejoría se convirtió en un arma de  doble filo: cada pequeño logro que ganaba, me mostraba todo lo que había perdido ¡cómo quisiera yo que en aquellos momentos fuera capaz de ver las cosas del mismo modo que lo hago ahora! No quiero decir que me haya conformado con mi suerte –pues sigo luchando por  mejorar-, sino que he llegado a la conclusión de que todo -absolutamente todo- lo que nos ocurre, bueno o malo, nos ocurre por algo. A mi por ejemplo, ese “algo” me ha convertido en mejor persona, me ha ayudado a ver el lado bueno de la gente y el lado bueno del mundo, que es algo tan grande, tan grande, que a pesar de toda la maldad que hay por ahí, consigue que en muchos momentos me sienta una persona feliz. Por eso, creo que aunque ese “algo” no siempre lo entendemos, muchas veces, con un poco de paciencia, lo vamos comprendiendo, o por lo menos, aceptando. Y te aseguro que es mejor así, más vale no comerse mucho la cabeza, porque no sirve para nada. Todo lo que nos pasa es porque Dios lo quiere. Lógicamente, Dios no quiere que muera gente buena ni que pase hambre y necesidad nadie. ¿Entonces por qué ocurre? Pues no lo sé. Pensando un poco , se me ocurre que lo que Dios quiere es que nos amemos unos a otros, y tal vez si así hubiera sido desde siempre, no tendría por qué morir NADIE de hambre ¿no? Pero la verdad  es que hay tantas cosas que no sé, que no sabemos… al menos, para mí hay cosas muy claras como que Dios quiso algo bien distinto, pero….

M.L. prólogo 2

A los 21 años, empezó a dolerme terriblemente la cabeza. Al principio, fueron sólo unos pinchazos que se iban rápidamente, pero el dolor acabó convirtiéndose en algo verdaderamente insoportable. Varios médicos tuve que ver para que al final me descubrieran un quiste en el cerebro. Inmediatamente me operaron, pero como las células malas y las buenas estaban mezcladas, no pudieron quitármelo del todo por miedo a dañar la zona sana, así que me mandaron unas sesiones de radioterapia en el Instituto Curie de París. Fueron dos meses bastante duros. Pero la cosa funcionó, ya que al cabo de cierto tiempo, el quiste desapareció. Sin embargo, al poco tiempo de llegar a Madrid, me dio una reacción espantosa como efecto secundario de las radiaciones, y tuvieron que ingresarme de nuevo. Tenía 22 años. Toda esa etapa, desde mi entrada en el hospital hasta un par de meses después, cuando ya estaba en casa, no la recuerdo casi, así que no puedo decir lo que pensaba. Sólo sé que estaba realmente muy, muy  fastidiada.

En Rosales

Esta mañana fui con mi hermana a Rosales. Nos gusta mucho ir porque, a parte de ser el pulmón de Madrid, lleno de árboles y donde puedes respirar (ahora con la mascarilla cuesta…), siempre encuentro mucha paz. Probablemente porque es un lugar tranquilo y bello. Pero hoy mi paz fue muy especial. En un momento dado, mi punto de vista únicamente abarcaba árboles. Esta mañana el sol de otoño hacía brillar las escasas hojas de los árboles caducos y el fuerte color verde de los pinos, y gracias a una brisa imperceptible, parecían vibrar en el aire. Esos instantes tan increíbles, se me antojaron simplemente grandiosos, y empecé a rezar, dando gracias. En mi interior sentí que Dios y la Virgen contemplaban desde el cielo, como yo desde la tierra, ese hermoso paisaje, Su Creación. ¡Menuda paz!

El lunes sigo con el libro.

Mi libro-prólogo 1

Recuerdo perfectamente el momento; fue justo antes de acostarme, debía tener 17 o 18 años, tal vez menos. Fui a bajar la persiana y ahí lo vi. Mi ventana da a un patio bastante grande que ocupa toda la manzana de casas. En el medio hay un edificio de oficinas. Entre éstas y la casa que está exactamente frente a mi ventana hay una acera que lleva a una guardería. Ahora mismo, esa acera es inaccesible de noche, pues han colocado una verja, pero hace años cualquiera podía entrar. Y así ocurrió: un hombre indigente, que no tenía dónde dormir, pensó que aquél era un buen lugar, y cogiendo lo que me parecieron unas tablas de madera medio rotas, se tumbó encima y se cubrió con unos papeles de periódico, dispuesto a pasar la noche. Después de ver eso, me fui despacito hacia mi cama, me senté y empecé a llorar. Lloré mucho, aunque creo que no lo hice del mismo modo que lo haría ahora. Lloré porque era una escena injusta. Porque aquel hombre dormía a la intemperie mientras yo, a pocos metros de él, disfrutaba de un techo, una cama, y gente cerca que acudiría si me encontrara mal o tuviera un mal sueño. Ese hombre no podría llamar a nadie, porque nadie vendría. Creo que por eso lloraba. Lágrimas de impotencia que eran el preludio de algo que en esos momentos no podía ni imaginar, pero que iba a cambiar por completo mi forma de ver las cosas  y a convertir esa impotencia en algo útil. Y esto es precisamente lo que quiero intentar contando mi historia.

Dice mi pc que empecé a escribir en 2004, pero yo recuerdo haberlo escrito en un cuaderno que tuve a finales de los 90 del siglo pasado, cuando no tenía ordenador. Ya no hay guardería, ni oficinas, aunque por desgracia, si sigue habiendo indigentes.

YA ESTÁ BIEN

Ayer domingo la homilía del cura me tocó muy profundo. Y no es que dijera nada nuevo, no. Simplemente, me tocó. Dios quiso que me tocara. El evangelio fue el de la parábola de los talentos: a cada uno según su capacidad. Mi capacidad está bastante limitada, como sabeis. Pero tengo la inmensa suerte de poder utilizar mis dones perfectamente. Mis talentos o dones que el Señor me ha dado son el don de la alegría y el don de la escritura. Para ninguno de estos dones es necesario caminar, ejercer movimientos de precisión, tener una vista y un oído perfectos ni tener una figura espléndida. Todas éstas son mis limitaciones que, como veréis, en nada me impiden ejercer mis dones. El don de la alegría, aún a mi pesar, todavía me cuesta cuando tengo crisis de sufrimiento o tristeza, bajones de ánimo, pero el Señor me ayuda siempre y creo que lo voy solucionando. Y ahora el don de escribir, «mi talento guardado bajo tierra», mis historias que se «pudren» en las tripas de mi ordenador, esperando publicación. ¡¡Pero se acabó!! A partir del miércoles, saco mis dones a tomar el aire. Prometido.

mi pc está loco

El viernes os escribí un blog titulado: Tu gracia.

¡Mirad dónde lo ha puesto, el tercero para abajo! Y vete a saber por qué, ya que ni siquiera pone un día de la semana pasada! Y el día correcto, que es el 13, ni pensarlo. En fin, leerlo porfa.

Sólo entonces

Cuando la muerte sea vencida
y estemos libres en el reino,
cuando la nueva tierra nazca
en la gloria del nuevo cielo,
cuando tengamos la alegría
con un seguro entendimiento
y el aire sea como una luz
para las almas y los cuerpos,
entonces, sólo entonces,
estaremos contentos.
Cuando veamos cara a cara
lo que hemos visto en un espejo
y sepamos que la bondad
y la belleza están de acuerdo,
cuando, al mirar lo que quisimos,
lo veamos claro y perfecto
y sepamos que ha de durar,
sin pasión, sin aburrimiento,
entonces, sólo entonces,
estaremos contentos.
Cuando vivamos en la plena
satisfacción de los deseos,
cuando el Rey nos ame y nos mire,
para que nosotros le amemos,
y podamos hablar con él
sin palabras, cuando gocemos
de la compañía feliz
de los que aquí tuvimos lejos,
entonces, sólo entonces,
estaremos contentos.
Cuando un suspiro de alegría
nos llene, sin cesar, el pecho,
entonces -siempre, siempre-, entonces
seremos bien lo que seremos.
Gloria a Dios Padre, que nos hizo,
gloria a Dios Hijo, que es su Verbo,
gloria al Espíritu divino,
gloria en la tierra y en el cielo. Amén.

Paciencia y calma

Esto lo escribí el miércoles, pero olvidé mandarlo. Así que aquí va

El  siguiente texto está extraído de una meditación que me mandó el lunes, día de todos los difuntos, una querida amiga argentina. Mirad lo que dice:

La muerte es parte de la otra vida … Hay otras «pequeñas muertes cotidianas» a las que nos aferrramos. Y es ahí donde enfermamos.

Pequeñas muertes. ¡Qué razón tiene! Cada cierto tiempo dejamos morir -o muere-algo, alguna situación, que ya no nos agrada, pero la intentamos guardar, somos como el perro del hortelano. Y claro, eso nunca volverá. Lo muerto en esta vida, muerto está. Y nos enfermamos. Peeeero … dice mi amiga … Sabemos que la vida de Dios es más fuerte que la muerte. Así que, como dice mi chica: con paciencia y calma, se sube el burro a la palma. Pues eso.