A María

Eres llena de gracia y de gracia nos llenas.

Nunca nada tan bello en mi corazón entró.

y entre risas y llantos, apartas mis pecados,

y haciéndote un hueco, quieres  curar mis penas,

Sufres cuando sufrimos, lloras cuando lloramos, ríes cuando reímos

Y yo ¡tonto de mí! si seré tan cabezón,

busco y busco soluciones en este mundo exterior,

cuando ni lejos, ni fuera, las tengo.

Las tengo en mi corazón.

¡Quédate conmigo María!

Himno

Eres la luz y siembras claridades;
abres los anchos cielos, que sostiene
como columna el brazo de tu Padre.
Arrebatada en rojos torbellinos,
el alba apaga estrellas lejanísimas;
la tierra se estremece de rocío.
Mientras la noche cede y se disuelve,
la estrella matinal, signo de Cristo,
levanta el nuevo día y lo establece.
Eres la luz total, día del día,
el Uno en todo, el Trino todo en Uno:
¡gloria a tu misteriosa teofanía! Amén.

La luna y el sol

¡Qué bien hizo Dios al mundo!

El otro día me senté a contemplar la belleza de la luna llena brillando entre las palmeras de mi edificio, y mi hermana me hizo reparar en que tan sólo  girándome, podía ver todavía la luz anaranjada del cielo, fruto de la reciente  puesta de sol. Y pensé: cómo dos maravillas, como son la luna y el sol, estando tan lejos una de otra,  Dios consigue que las disfrute  casi al mismo tiempo, y me haga soñar que están tan cerca.  Esos son los momentos mágicos que hacen la vida merezca la pena.

El mar y la fe

Siempre me han hecho un gran efecto las olas del mar. Supongo que de niña me gustaban como a todos los críos. Y luego de adolescente me causaban bien tristeza, bien alegría según mi estado de ánimo. Pero ahora de mayor  y con mi Fe en Dios mucho más desarrollada y tan enriquecida, las contemplo y las siento de otro modo. Ahora, de cada ola,  reparo en la espuma, y me gusta compararla con mi fe: las olas nacen separadas, y según van llegando a la orilla, se unen y crcen en una belleza blanca que, como mi fe, quieren  demostrar lo hermosas que pueden ser. Pero de pronto baja, como, sin yo querer, le ocurre a mi fe tantas veces, que sin embargo, como esa ola, acabará siempre renaciendo. Siempre se esconderá y siempre saldrá de nuevo. Y así es mi fe, crece, decae y siempre vuelve. Y lo principal ,es inmensa como el mar.

Otra vez, como casi todos los veranos, me ha entrado un poco de agobio. Afortunadamente no duró mucho. Pero lo que quiero destacar es lo siguiente: yo tenia un problemilla colateral, y cuando éste súbitamente se resolvió, -casi al mismo tiempo que mi agobio- aún cuando ya lo había dado por perdido, me alegré sobremanera. Tanto, que casi olvido mi malestar. Y eso me dio qué pensar: ¿Será bueno sentir alegría hacia un hecho mundano, justo cuando el Señor me está ayudando? Sentí vergüenza para con Dios. Pero inmediatamente recordé una frase de Santa Teresa de Calcuta que, al hablar de Dios, dice: debes creer mucho más en Su amor, que en tu debilidad

Esto me dio mucha confianza, porque el Señor es tan bueno conmigo que ¿cómo no voy a creer «a pies juntillas» en su amor? Y ya me sentí mejor.

otro modo de dar la Paz

Hola!!!!

Ya si que sí voy a estar con vosotros. Mi hermana me puso el ordenador y ya podré volver a escribir con asiduidad. En Fitero os escribí desde el móvil sólo  una vez, y me costó tanto, acabé tan cansada, que me  prometí no volver a hacerlo. A partir de ahí sólo envié  un par de cosas bonitas- a mi juicio- que me limité a cortar y pegar.

Pero ya vuelvo con mis  historias y empiezo con una maravillosa..Esta ocurrió un domingo en misa de San Juan:  cuando llegó el momento de dar la Paz, todos los feligreses  de cada fila que completaba la iglesia, junto con los tres presbíteros desde el altar,  nos cogimos de la mano unos a otros mientras sonaba un  bello himno a la Paz. Fue un momento de inmensa alegría para mí, porque sentí la cercanía del Señor,  y hasta noté una  brisa  repentina  que se me antojó  el Espíritu Santo  que venía a disfrutar, como yo, como  todos.