Cap 117

El griterío proveniente del poblado le devolvió a la realidad. Se encontraba viejo, quemado por el sol, y encogido por el paso de los años. Pero una cosa aun le quedaba: entusiasmo. “Y” pensó “eso es lo que realmente importa”. Había ayudado a crear cientos de hogares. Y sin embargo, era este lugar, la aldea de su querido Atu, donde siempre se sentía bien, donde más creía ver a Dios. Ante ese pensamiento, un impulso desconocido le hizo caer  de rodillas y, con lágrimas en los ojos, dio gracias al Señor: porque había hecho posible su sueño, porque le había indicado el camino cuando llegó a África y se encontraba tan perdido, por haber logrado la felicidad de tantas personas. ¡Era su propia felicidad la que había logrado!.  Vio en su cabeza y en su corazón, pues sus ojos cansados ya poco veían, a una gente alegre y un sol que les calentaba. Sintió que el sol le calentaba especialmente aquel día, muy especialmente. Un niño pequeño salió corriendo de la aldea, en dirección al padre,

_“¡Pa Miky, Pa Miky!”

y se abrazó a él. Así es como le llamaban cariñosamente todos los niños de la aldea. Esos dos calores, el humano del niño, y el divino del cielo, le hicieron sonreír una vez más. Una voz desde el poblado llamó al chiquillo. Soltó al Padre y acudió a la llamada. Miguel no tenía un espejo. Pero tampoco le hizo falta. Sabía que Dios ya estaba en sus ojos. Y llorando, dijo:

_“¡Tío Miguel, tenías razón!”

          Al mismo tiempo Atu, avisado por el chiquillo de la llegada del Padre, salía a su encuentro. Al verlo de rodillas, corrió hacia él.

_“Miky, ¿qué te pasa?”

Miguel se alegró de ver a Atu allí. No se encontraba con fuerzas para entrar en la aldea.

_“Atu, mi querido Atu… creo… me parece que debemos despedirnos. Hasta algún día, dentro de mucho espero. Pero no pienso marcharme sin decirte… lo afortunado que me siento de haberte conocido… lo feliz que he sido en África… todo lo que me llevo…”

Atu, abrazado a su amigo, no dejaba de llorar.

Miguel cerró los ojos, y cuando los abrió, vio a Dios.

__________

Cap 116

Miguel volvió a sonreír emocionado al recordarlo.

Siguió pensando.

Había tenido los amigos más maravillosos del mundo.

Había pasado casi toda su vida en África, y no lograba encontrar en su cabeza ni una pizca de tristeza. Ante la adversidad, siempre encontró fuerza, voluntad y muy pocas quejas. Eso fue lo que le había ayudado a superar los momentos en que creyó no poder más. La vergüenza siempre le vencía, cuando veía que otros, sin duda en peor situación a la suya, seguían adelante. Era entonces cuando recuperaba el ánimo, cuando realmente se daba cuenta de que nada de lo hecho había sido en vano. Mirara donde mirara, sólo veía caras agradecidas, y esa gratitud fue siempre su mejor medicina. El mejor regalo.

Cap 115

Dos de los hombres enseguida siguieron a un nervioso Julio hasta el lugar donde había dejado a Jon. Cuando llegaron, viendo que sus primeros auxilios no daban resultado, decidieron llevarle al médico.

En cuanto llegaron, el doctor examinó a Jon y sonrió a Julio.

_“No te preocupes, ¡y deja ya de llorar, por Dios! Tu amigo se ha dado un buen porrazo pero no parece nada grave…”

 Un fuerte golpe en la puerta, y el llanto de una mujer, hizo que todos volvieran el rostro. La madre de Jon, gritaba:

_“¡Mi hijo, qué le pasa a mi hijo!”

Y acercándose a la camilla dijo:

_“Doctor, dígame qué le pasa, ¿se pondrá bien verdad?”

_“Se recuperará, si. Por lo que puedo ver, el corte que se ha hecho en la frente es poco profundo, pero juzgo oportuno trasladarle a un hospital, porque ha tragado bastante agua y eso puede ser peligroso…”

La madre de Jonás estuvo a punto de desmayarse, si no fuera porque su marido la sujetó. El médico se dirigió a Julio y viendo el estado de nerviosismo que tenía, le preguntó, procurando que su voz fuera suave:

_“Dime Julio, ¿qué ha pasado?”

_“Fuimos… fuimos al río… queríamos pescar truchas… yo, yo estaba poniendo el anzuelo…  estaba de espaldas. No vi a Jon. Debió resbalar… y, y…”

Julio empezó a llorar aún más fuerte.

_“¡¡Al río!” gritó la madre “ ¡Dios mío, cómo se os ocurre ir al río, con lo revueltas que están hoy las aguas! ¿Por qué, por qué? Y ahora mi niño Dios sabe lo que le pueda pasar…” y empezó a llorar con desesperación.

Julio no sabía qué hacer, estaba completamente aterrorizado. Ahí estaba su mejor amigo, tumbado, sin poder hablar, ni moverse, ni nada,  y todo era por su culpa. Si, era su culpa, él le había convencido para ir. Él sería el único responsable de lo que le ocurriera a Jon. Salió  por la puerta corriendo, aguantando el dolor de su pie, y se dirigió a la iglesia. Abrió de golpe el portón, asustando a los pocos feligreses que había y se arrastró como pudo hasta el altar del Sagrado Corazón de Jesús. De rodillas ante Cristo, como tantas veces habían hecho Jon y él, dijo lloriqueando:

_“¡Dios mío, salva a Jon, por favor, salva a Jon!”

Empezó a decir el Padre Nuestro, pero en su cabeza aparecía una y otra vez la imagen de su amigo. Nunca podría imaginarse un futuro lejos de él, sin sus consejos, sin su compañía… ¡Nunca!

_ “¡Jesús, no permitas que Jon muera! Yo sé que no debí llevarle allí… Por favor ¡perdóname, perdóname! ¡Padre, si le ayudas ahora, yo a cambio, te prometo que le ayudaré toda mi vida, y nunca dejaré que lo pase mal. Yo sé que le amas, lo sé, porque él te quiere tanto, tanto, como yo…” y rompió a llorar.

          Miguel pensó en el final de aquella aventura, una lealtad como pocas veces había  visto.

Jon se curó, aunque le quedaron ciertas secuelas que Julio nunca se perdonó. A su vez, éste no quiso decir nada de su pie hasta que su amigo estuvo fuera de peligro. De algún modo, fue su propio castigo. Sin embargo  llegó un momento en que el chico apenas podía andar y su secreto fue descubierto. Pero ya fue demasiado tarde, su tobillo quedó fuertemente dañado, y eso le obligaría a arrastrar una pequeña cojera de por vida.

Eso sí, Julio guardó siempre su palabra. Aunque tomaron caminos diferentes, nunca se separarían, y Jon, que nunca le echó en cara nada a su querido amigo, siempre tendría el apoyo y la ayuda de Julio.

          Miguel volvió a sonreír emocionado al recordarlo.

Cap 114

El chiquillo que jadeaba detrás, intentando alcanzar a su amigo, estaba ansioso por llegar al lugar que éste le había contado. Un sin fin de truchas le estaban esperando para morder el anzuelo. No tardaron en llegar. El lecho del río parecía algo revuelto, pero la imagen de los peces saltando uno por encima de otro les animó.

_“¡Cuantos hay!”

_“Ya te lo había dicho, venga…” le gritó Julio mientras cogía, presuroso, las cañas de pescar. A su lado, un  nervioso Jon ya se imaginaba aquella noche disfrutando del banquete, y siendo felicitado por toda su familia. En un momento que Julio estaba de espaldas, ocupado en colocar el anzuelo, Jon resbaló en la roca, dándose un fuerte golpe en la cabeza y perdiendo el conocimiento. Aunque el lecho del río no era profundo, la desgracia quiso que cayera con la cara dentro del agua. Su amigo no pudo oír la caída, porque el agua estallaba fuerte en las piedras, además del sonido que hacían las truchas al saltar fuera del río y dejarse caer de nuevo.  Cuando Julio se dio la vuelta, y vio a su amigo tumbado boca abajo en el agua,  se agachó apresuradamente para voltear a Jon, dándose cuenta horrorizado de que tenía una herida en la frente de la que no paraba de salir sangre. Su cara estaba morada.

_“¡Jon, despierta, Jon!” gritaba.

Pero su amigo no respondía. Julio sintió miedo.

_»¡que alguien me ayude!»

Pero sabía que no habría nadie cerca de allí. Era un lugar muy poco frecuentado, de hecho Julio era de las pocas personas que lo conocía. Trató de tranquilizarse. Lo primero que hizo fue arrastrar a su amigo fuera del lecho del río. Acto seguido se dio la vuelta y echó a correr hacia el pueblo, sin dejar de pedir ayuda. Tal vez alguien le oyera. Pero no fue así. Varias veces en el camino tropezó, con tan mala suerte que en la última caída se lesionó fuertemente el tobillo. Cuando por fin vio las primeras casas, y a algunas personas, les contó llorando lo ocurrido.

Cap 113

Miguel no podía ser más feliz, ¡Dios había enviado al Espíritu Santo a su querido Atu, como hiciera con él hacía ya tanto tiempo. Él mismo sintió ganas de llorar. Pero prefirió aguantarse y seguir escuchando.

_“Y lo más sorprendente era que ese llanto me producía alegría, una alegría inmensa, una alegría que jamás había sentido, así que seguí mirando a la cruz y me di cuenta de que ése era el Dios que yo quería amar.”

Miguel decidió que ya no tenía por qué contenerse y se echó a llorar, levantándose de la silla para abrazar a su compañero de fatigas y satisfacciones.

A partir de ese día Miguel empezó a contarle a Atu la vida de Jesús y todas las cosas que había hecho. Pero no sólo era el joven el que aprendía, el propio Miguel se sorprendía cuando su “alumno” le contaba cómo cada día su felicidad iba en aumento gracias a la oración, que Miguel le había enseñado y recomendado tanto. Y así, un día Atu decidió poner una gran cruz a la entrada de su pueblo, para que no sólo él fuera bendecido, sino que toda su aldea recibiera la protección de Dios.

          Ahí parado, dejando descansar su cuerpo y sobre todo su alma, se dio cuenta de lo inmensamente feliz que había sido su vida, desde su querida casa con esos padres tan maravillosos hasta llegar a África, punto final de su viaje. Y de su vida. Había sido tan afortunado… y todavía, sin él buscarlo, tuvo un flash en su memoria, y recordó de pronto aquella vieja historia que le había contado el Padre Jonás. La escena apareció tan nítida en su cabeza, que en un principio se asustó, pero lo que vio le hizo sonreir. En su memoria  aparecieron dos niños que corrían cerca de un riachuelo.

_“¡Vamos Jon, date prisa!”

Cap112

Venía a visitar a Atu. Cuando iba acercándose al poblado, de repente se sintió cansado y tuvo que pararse. Las piernas ya le fallaban. Pero eso no le preocupaba. Ya era muy anciano, y aquellos achaques le parecían lógicos. Incluso cuando algún dolor le atenazaba, se sentía feliz de poder ofrecérselo al Señor y, de alguna forma, cargar él también con su cruz. Y ahí estaba justamente. Apoyado en una cruz. La cruz que Atu quiso colocar a la entrada del poblado.

_“¿Por qué lleva una cruz colgando del cuello? He visto que la besa a menudo. ¿Significa algo?”

_“Sí Atu. Significa mucho. Esta cruz representa todo para mí. Cuando la beso, es Jesús a quien beso…”

_“¿Jesús?” interrumpió el chico “¿quien es Jesús?”

_“Es el hombre más bueno que ha habido sobre la tierra.”

_“Ya. ¿Alguien de su familia, su padre?”

_“No. Bueno sí, si, es mi padre.”

Atu se extrañó de que Miguel dudara, pero prefirió no decir nada.

_“Y también el tuyo.” añadió Miguel.

_“Mi padre murió hace tiempo.”

_“Jesús es Dios, el padre de todos los hombres.”

_“¡Ah, ya entiendo! ¿Cómo los dioses que adoramos nosotros, verdad?”

_“Algo parecido.”

Miguel todavía no creía conocer lo suficiente a Atu como para enseñarle a amar a Cristo. Por supuesto quería, como siempre lo había deseado para todo el mundo. Pero creyó que sería muchísimo mejor esperar a que el propio Atu le preguntara. Sabía que el chico amaba a sus dioses desde que era un niño, y temía provocar en él pensamientos dispares que le confundieran. De todos modos, no tuvo que esperar demasiado. La amistad de Atu con Humba fue decisiva para el joven, que había oído de labios de la chica decir que Miguel era el hombre bueno que la salvaría. Y un día ocurrió algo. Atu había ido a verle, como era habitual. Mientras estaban sentados fuera de la casa, el chico empezó a hablar:

_“¿Sabes Miguel? Creo que es cierto lo que dijo Humba. Que tú la salvarías. Al principio pensé que los mismos dioses en quienes yo creía eran los que la estaban ayudando. Pero ella me contó la historia del Dios que tú adoras, del que tanto le has hablado. Ella ve en tus ojos un amor enorme, si si,  me lo ha dicho. Está triste porque dice que no acaba de creer. Sin embargo, va todos los días a la casa ¿cómo la llamas? Iglesia, creo” Miguel asintió, encantado de oír eso “ y le reza a tu Dios. Ayer fui a charlar con ella un rato, y al despedirnos me dijo que iba a… a la iglesia, y que por qué no la acompañaba ¿Y sabes qué? Vi una cruz como la  que tú llevas, pero mucho más grande, y la empecé a mirar con  curiosidad. Y de pronto, no sé por qué, me entraron unas ganas tremendas de llorar.”

Cap 111

Cuando bajó, no sin esfuerzo, del viejo y enorme jeep, pensó con una mezcla de nostalgia y tristeza cómo hacía ya tantos años, un autobús le había separado, voluntariamente eso sí, de una vida acomodada y feliz. Tal vez desde entonces su vida ya no fuera tan cómoda, pero estaba absolutamente convencido de haber encontrado la auténtica felicidad: en la sonrisa de los niños, en los gestos de cariño de los jóvenes, en la mirada dulce y tranquila de los mayores… hallaba esa felicidad allí donde fuese.

          Esa mañana se había levantado con un sentimiento extraño. No sabía qué era. De pronto había sentido la necesidad de releer algunas de las cartas que le habían mandado desde su tierra natal. Sin duda, las que leía y releía sin cesar eran las que le mandaba Humba. En una de las primeras que le llegó decía que se había enamorado de un hombre. Pero lo que más le emocionaba es que ella siempre acababa dándole las gracias y diciendo que si no fuera  por él, seguiría siendo una mujer desgraciada. Él sabía bien que no debía pensar así, pues era simple y llanamente orgullo. Pero aunque reconocía que Dit había acertado llevándosela, no podía evitar sentir que, como ella le decía, fue él quien logró cambiar el rumbo de su vida. Su ya marido era un hombre piadoso que le inculcó la palabra de Dios.

_“Es todo lo que usted me enseñó, el Dios bueno del que me hablaba es ahora el que me hace sentir viva y feliz. Yo sé que usted rezaba para que lo encontrara. ¡¡Pues lo encontré, Padre, lo encontré!!”

Otra de las muchas cartas que recibió de ella le anunciaba que estaba esperando un hijo y que le pensaba llamar Miguel o Micaela si fuera niña. Tuvo primero a Miguel y después dos niñas.

_“Todas las noches rezo por usted, igual que lo hizo por mí, y le pido a Dios que le cuide ¡aunque sé que no hace falta, porque Él está siempre a su lado!”

¡Qué bonito era saber que Humba había hallado la paz!

DISCULPAS

Pido perdón por no haber podido mandar nada antes, pero el lunes ingresé en el hospital para una operación maxilofacial, que fue un éxito gracias a Dios , y debì permanecer allí hasta el jueves .

Pero el lunes prometo volver a la carga

Cap 110

Yo no creía que aquello fuera a servirme de mucho, pero la leona estaba cada vez más cerca y John gritó más fuerte que se la enseñara.

Yo estaba muerto de miedo y casi de forma autómata se la mostré a la leona. Entonces ocurrió algo maravilloso. El animal se detuvo. Miraba la cadena de la que colgaba una gran medalla con la imagen de la Virgen, que yo sostenía entre mis temblorosas manos, y sin más, dio la vuelta y, seguida por su cría, se marchó.

John corrió hacia mí a tiempo de evitar que me cayera. Temblaba de arriba abajo. Me llevó al coche y decidió que él mismo conduciría, a lo que no me opuse. Regresamos.

Esa noche, ya en la cama le confesé a John que en todos los años que llevo haciendo safaris nunca he pasado tanto miedo. Creí que iba a morir. Le dije que sentía no haber confiado en Dios, pero que ahora me daba cuenta que Él es el único que puede salvarnos.

Sé que la experiencia había sido igualmente dura para él. Sin embargo cuando me vio en peligro, supo lo que tenía que hacer. Me dijo que recordaba perfectamente las palabras de  Miguel al darle la medalla. Las transcribo:

“Me la dio un sacerdote amigo mío. Ellos representan a Dios en la tierra. Él la bendijo y me la entregó prometiendo que sería mi protección. Yo sé que Dios me protege, pero creo que tú aún no lo sabes. Cógela, creo que la necesitas más que yo.”

¿Pensó John  que el poder de Dios me salvaría? ¿Acaso había vuelto a creer? Él me había hablado de aquella historia tan maravillosa que le contaste en el barco. Yo estaba tan cansado que sólo quería dormir. Pero esa noche, estoy convencido de que una estrella dejó de titilar en el cielo y brilló con mucha, mucha fuerza.

 nota-  en cuanto tenga ocasión, contaré la historia a Miguel. Estoy deseoso de decirle que ha ganado un adepto y además ha conseguido aumentar mi fe. Miguel, gracias por existir.

_“Gracias a ti por ser mi amigo.”

Dijo Miguel, elevando  la cara al cielo, mientras lloraba.

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Cap 109

Día segundo

Cuando todavía estoy en la cama, llama John. Transcribo la conversación:

“¡Buenos días Joss! ¿Has dormido bien? Espero que si y que estés preparado para la aventura…”

“¡Por supuesto!” contesto.

“¡Estupendo! Te recojo en diez minutos. Tenemos un suculento desayuno esperándonos. Hasta ahora mismo.”

John está tan entusiasmado como la primera vez. Lo noto en su voz. ¡Me siento tan feliz!

Hace un día fantástico, un sol suave y una luz radiante.

John estaba ansioso por ver un tigre o un león, pero yo reía pidiéndole paciencia. Al rato apareció a lo lejos un grupo de jirafas maravilloso. Salimos a verlas. Yo estuve todo el rato fotografiándolas, mientras John disfrutaba como un niño mirándolas embobado. Las madres no se apartaban de sus crías, ¡era una escena tan tierna!

Vimos muchísimos animales a lo largo del día –ver fotos- pero lo mejor estaba por venir. Ya tarde, nos paramos bastante cerca de unos impalas que estaban bebiendo en una charca. Bajamos del coche. Yo me emocioné al verlos y rápidamente preparé mi equipo para inmortalizar el momento. Era precioso. El día era claro y la luz reflejaba a los antílopes en el agua de un modo increíble. Era tan limpia y estaba tan quieta que la imagen parecía incluso más bella que los propios animales. Quedé hipnotizado ante aquella maravilla, disparando fotos sin parar, mientras John, harto de mí y mi manía de la cámara imagino,  se acercaba a unas hierbas altas donde crecían unas hermosas  flores. Se agachó a olerlas, cuando de repente vi aterrado como una cría de león salió de entre la maleza. Parecía un gatito grande, me diría luego. Quiso acariciarlo. Afortunadamente le grité para que se detuviera. Me acerqué despacito preguntando si tenía idea de lo que podía ocurrir si aparecía su madre. Le expliqué que las leonas son terriblemente celosas de su prole y están prestas a atacar si piensan que están en peligro. Y justo entonces una leona apareció y en cuanto me vio  al lado del leoncito, empezó a gruñir. John  estaba más lejos porque yo le había apartado, pero estaba igualmente aterrorizado. Sin embargo, quiso acercarse para ayudarme, pero yo, sin mover un solo músculo y con los dientes apretados, le dije que ni se le ocurriera. La leona me miraba y empezaba a acercarse rugiendo. Yo permanecía muy quieto. Lo que sucedió a continuación duró apenas unos segundos, pero fue algo que nunca olvidaré. En un alarde de valentía – que ahora, ya en frío, me demuestra, una vez más, su gran amistad- John se acercó lo suficiente para situarse cerca de mí, sin que el animal le viera y me gritó que cogiera algo mientras me lanzaba una cadena. Al mismo tiempo chillaba que Miguel se la había dado en el barco, asegurándole que siempre le protegería. Quería que se la enseñase a la leona.”

Miguel lloró emocionado al recordar el momento.