Cap 56

_“Bienvenido sea Padre. Soy Severino, el alcalde de este pueblo. Supongo que la mujer del sacristán ya le habrá puesto en antecedentes. Como verá ha sido usted un regalo de Dios. Antes de nada quisiera presentarle a mi hija.”

Se dio la vuelta para coger de la mano a una preciosa y jovencísima chica que permanecía sentada educadamente mientras su padre hablaba. Se levantó, algo nerviosa, y dijo, sonriendo a Miguel:

_“No sabe, Padre, lo feliz que soy de tenerle aquí. Mi nombre es Lydia y este es mi prometido.”

Un joven se levantó rápidamente y, con unos modales impecables, se  dirigió a Miguel.

_“Padre, quiero darle mi más sincero agradecimiento por haberse ofrecido a celebrar nuestra boda, siendo todo tan repentino.”

Miky le respondió con una sonrisa mientras pensaba “¡pero si no me he ofrecido!” aunque lógicamente no fue eso lo que dijo. En cambio respondió:

_“Me siento muy honrado de poder celebrar su boda.”

Cap 55

La casa del alcalde estaba relativamente cerca, y encima con las prisas que llevaba la buena señora, más que andar, corrían. Cuando llegaron no hizo ni falta llamar a la puerta. Estaban todos fuera hablando entre ellos tremendamente excitados. En cuanto les vieron, una mujer se adelantó.

_“Permita que me presente. Soy la esposa del alcalde, me llamo María. No imagina lo alegres que estamos de verle Padre.”

El hombre que se puso a su lado, que sin duda era el alcalde, dijo:

_“María, querida, no seas descortés e invita al Padre a entrar en casa.”

_“Perdone Padre, es cierto. Estoy tan emocionada que no me he dado ni cuenta. Pero pase por favor.” Las otras personas, que aún no sabía quiénes eran, se apartaron educadamente para que Miguel entrara. Una vez sentados, el alcalde carraspeó, como si fuera a dar un discurso.

La verdad

«¡Qué dices! Si este mundo es un asco. Por una cosa buena ves cincuenta malas, ¿si o no? ¿ Y un Dios bueno puede existir?» Puede. La frase del principio la solemos escuchar, en mil versiones, con frecuencia. Yo misma pienso a veces así, salvo el final, claro. Y es que resulta que yo, pecadora redimida, y por lo demás igual que tú, tengo la suerte de encontrarme entre esa gente sencilla que ha logrado descargar su yugo en el Señor. Y gracias a eso, veo clara la verdad, la verdad que Él quería, que desde luego no es ésta. Por eso sé que hay un Dios, y sé que hay otro mundo posible. De hecho, yo lo siento a veces. No sé cómo te voy a convencer porque no hay fórmulas mágicas. Sólo, creo yo, ver las cosas desde otras perspectiva. Bueno, si te soy sincera, ni yo lo hago muchas veces. ¡Y es que este mundo es demasiado fácil de seguir y a la vez muy difícil de evitar! Aunque sí lo creo, e incluso creo que es posible . No puedo aspirar a que el mundo entero me crea, pero sí a que tú, que me estás leyendo, me creas.

Cap 54

Miguel la miraba asombrado.

_“Me explicaré. Mañana está programada desde hace meses la boda de la hija del alcalde. Tenemos todo listo, la iglesia, los jardines, las mesas, la comida, los músicos… ¡en fin, todo! Y de repente esta mañana el párroco, Don Paulino, ha sufrido un ataque fulminante de ciática, y no puede levantarse de la cama. Comprenderá que sin cura es imposible oficiar la boda. Y los muchachos estaban tan ilusionados… sobretodo ella, que no ha parado de llorar desde que se enteró que se cancelaba la ceremonia. Pero su presencia aquí lo cambia todo. ¡Es usted nuestra salvación!”

Mientras ella continuaba sonriendo, perdida en sus pensamientos de una boda feliz, Miky empezó a sentirse nervioso. Volviendo a la realidad, Marta dijo:

_“Lo primero que debemos hacer es ir a casa del alcalde para que conozca a toda la familia.”

Mientras decía esto, la mujer ya se había levantado, había descolgado del perchero su abrigo, y se lo ponía a toda prisa. Miguel ni siquiera se lo había quitado, de modo que lo único que tuvo que hacer fue coger su maleta y seguirla en cuanto abrió la puerta.

Hace tres años que escribí esto

Seguro que al ver las fotos has pensado: «¡pobre!»  Probablemente yo también lo pensé, aunque no miento si digo que no me acuerdo. Lo que sí que es auténtico es que a día de hoy no me cambiaría por la que fui por nada del mundo. ¿Y sabes por qué? Porque he encontrado una felicidad nueva, increíble. Que me hace sentir bien, incluso estupenda. ¿Para qué iba yo a cambiar?

Para los que no me conocen, me llamo Ana Luz Parrondo. Tengo 46 años. Hasta los 23 mi vida fue la normal de cualquier niña y posteriormente adolescente, con sus más y sus menos claro. Luego me descubren un tumor y aunque me operan con éxito, una inesperada reacción hace que todo vaya a cambiar en mi vida.  En medio de mi carrera de derecho, se ve frustrado mi deseo de ejercer en el extranjero. Mis condiciones físicas -en silla de ruedas y caminando siempre con ayuda-, y por qué no, también las psíquicas, me hacen olvidar mi matrimonio ideal con el que soñé de pequeña, corriendo detrás de mis niños. Afortunadamente, no me entero de mucho al principio. Años después empezará algo que me lleva hasta hoy. Perdí mucho, muchísimo, pero, aunque no lo creas -yo a veces tampoco-, nunca será tanto como lo que he ganado. Soy una persona absolutamente feliz. Repito, no cambiaría por nada mi vida actual. No sufro ni un ápice con mi aspecto. Y ¿sabes por qué? Porque Dios está conmigo. Me ama, yo le amo, y a Él le importa poco que sea guapa o fea. ¿Te parece rara mi forma de pensar? Siendo tan religiosa podrías creer que me haya resignado. Pues no. Que me he aceptado desde luego. Pero ¿Crees que es normal que me sienta tan fabulosamente? Los resignados sufren, aunque lo acepten. ¡Pero es que yo no! Vaya, yo no más allá que cualquiera con una mínima sensibilidad. Pero a nivel personal, fuera de mis crisis debidas a mis malditos desacuerdos neuronales, ¡cero! Teniendo en cuenta que los médicos no daban un duro por mi vida, que tengo muuuuuchas dificultades diarias que superar, que mire donde mire, todo lo que vaya a emprender ya nunca será cómo antes, y te aviso que recuerdo al cien por cien cómo era todo antes ¿Será un milagro? Lo que es seguro es que Dios está conmigo, y como ve que siempre intento ir por Su camino, está contento y me permite ser feliz en un mundo donde por lo general alguien en mis condiciones viviría más bien regulín.

Bueno, quiero transmitiros que Dios es, creo yo, el único que puede sacarnos a flote en este mar tan revuelto. A mí ya me sacó. Mi consejo -si quieres salir y respirar tranquilo- es que te entregues a ÉL, reces a diario y ames al prójimo sin condiciones. Es que, aunque no creas, fijo que mi historia te ha hecho pensar. Y si eres listo, empezarías a creer. Pues ya que estás, intenta hablar con Él y ya verás.

Hola

Quiero dar gracias a Dios, y aunque ni en un millón de enciclopedias cabría mi agradecimiento, al menos que conste en esta pequeña gran publicación que permite que yo desde España pueda comunicarme con personas del mundo entero, y así hacerles saber que en sus manos, o mejor aún, en su corazón, pueden encontrar el poder de sentirse agradecidos como yo,  por dormir, por despertar, por reir y llorar, sufrir y gozar, por mil cosas, y en definitiva, por vivir.

Y eso os lo cuenta alguien con, aparentemente,pocos motivos, que se convirtieron en muchos…de repente.  Y para conocerme mejor, visita el blog que ahora mandaré.

Cap 53

Miguel, agradecido, tomó asiento.

_“Buenas tardes. Soy Miguel Soler, el nuevo párroco.”

La mujer se levantó de un salto, y con una enorme sonrisa que borró de golpe su anterior agotamiento, dijo excitada:

_“¡Bendito sea Dios! Creíamos que no llegaría usted hasta dentro de una semana como poco.”

Una niña pasó por el camino cerca de la ventana. Viéndola, la mujer apresuradamente la abrió y gritó:

_“¡Pili, corre a casa del alcalde y diles a todos que acaba de llegar el nuevo párroco!”

_“¡¡Guau!” Fue todo lo que la chiquilla dijo antes de salir disparada.

La mujer, visiblemente alterada, volvió a sentarse, intentando colocarse los pelos que escapaban de su moño, sin conseguirlo.

_“Perdone. Le debo una disculpa por este recibimiento tan poco amable que le he dado. Me llamo Marta, soy la mujer del sacristán. Verá, no lo va a creer, pero ha sido usted la salvación de este pueblo.”

Miguel la miraba asombrado.

Cap 52

Cuando llegó por fin a su destino, como le había ocurrido siempre, sintió miedo. Miedo a no gustar, miedo a no estar a la altura del antiguo párroco. Miedo, al fin y al cabo, a un futuro desconocido. Aunque sabía que todo era imaginación suya porque Dios le acompañaba, no podía evitar ese sentimiento.

Pero ahí estaba, en una estación de tren de un pueblecito perdido, lejos de todo y de todos. Respiró hondo, cogió su maleta, y se dirigió con paso firme hacia la iglesia. Fue fácil encontrarla, ya que la torre de la iglesia sobresalía entre las casas. Cuando entró, fue directo a la sacristía. Una mujer menuda de unos 60 años estaba sentada detrás de una mesa leyendo. Vestía de forma sobria. Miguel  creyó adivinar  una sencilla falda gris y una  blusa blanca. Tenía el pelo oscuro y algo canoso recogido en un moño, que por cierto estaba bastante deshecho. Levantó la vista del libro, y con una sonrisa que no logró disimular su  cansancio, dijo:

_“Buenas tardes ¿en qué puedo servirle? Por favor, siéntese.”

Cap 51

La vida en el seminario resultó fantástica. Miguel nunca olvidaría cuánto aprendió allí, no sólo estudiando, sino más que nada siendo testigo de la metamorfosis que se iba produciendo en sus compañeros, y en él mismo, durante esos años, que les llevaría a todos a estar plenamente convencidos de lo hermosa que iba a ser su vida a partir de entonces.

 Cada año fueron a las fiestas del hospicio, y en muchas ocasiones acudieron en su ayuda cuando les necesitaron para algún arreglillo. Así surgió una gran amistad entre todos, que perduraría para siempre.

          Y llegó el día de la ordenación. Todos, incluido Don Julio, estaban muy alterados.

_“Pero Julio,” le  decía el Padre Jonás “parece mentira que tú, con la serenidad que te caracteriza, estés tan nervioso. Falta media hora para que comience el acto. ¿Quieres dejar de mirar el reloj y de moverte como un gusano?”

Era verdad. El director estaba bastante tenso. Había acudido, como era lógico, a muchas ordenaciones, pero ésa le resultaba especialmente importante. No sabía bien por qué, pero Miguel siempre había sido para él mucho más que un simple seminarista. Estaba totalmente convencido de que llegaría muy lejos, de que salvaría muchas almas… la de Dit fue sólo la primera. Eso andaba pensando cuando por fin llegó el Obispo. Y todo fue maravilloso. Una ceremonia única y muy emotiva donde todos lloraron, rieron y sobretodo disfrutaron cada momento.