Increíble

Se volvió a ir internet. Toooodo el finde sin poder escribiros ¡buaaa! Y lo peor es que he estado centrando toda mi preocupación en el dichoso ordenador, como también lo hice -y lo hago, aunque un pelín menos- con el móvil, que no lo entiendo.

Pero se me ha ocurrido una idea estupenda para explicarme tanta estupidez por mi parte.

Pienso que Dios, en su infinita misericordia, me mandó su prueba (ver la entrada «El empujón») y en ella concentró toda mi preocupación en esos dos cacharros infernales -y nunca mejor dicho- para evitarme la que debiera ser mi preocupación primordial: mi padre, que está ya muy muy flojito, y se va a ir al cielo en cualquier momento. Y ese instante no lo puedo asumir. Aún sabiendo que irá a un lugar mejor,  como le ocurre a todo ser humano, no puedo evitar sentir un rechazo total ante su partida y por supuesto, tristeza  Y Dios lo sabe. Sabe  que me siento terriblemente pecadora por todo lo que se  me está pasando por la cabeza, y sin embargo me sigue ayudando. Me sigue dando su perdón.  Inexplicable. Los hombres tenemos tanto que aprender…Pidámosle todos al Espíritu que nos conceda, siquiera, echar una miradita -con los ojos de nuestro corazón, claro- en el corazón del Señor y poder así aprender en qué consiste realmente el verdadero sentimiento de perdón, el que todos deberíamos practicar,  porque creedme, tras sentirme   perdonada y amada por Dios, creo poder decir que no tenemos ni idea de lo maravilloso que es.