Cap. VIII 6

Y hablando de lucha, ésta ha sido- y sigue siendo- mi gran aliada para encontrar la paz.

Esta lucha no es –lógicamente-  la de liarse a puñetazos con el de al lado, la que yo digo consiste en no sentirse nunca vencido ante la primera derrota, ni ante la segunda, ni ante ninguna derrota; el buen luchador sabe que los fracasos no son sino las semillas del éxito, porque significan que, sea lo que sea, lo hemos intentado, y que ese éxito podemos conseguirlo día tras día, siempre y cuando no dejemos nunca de luchar. Y  simplemente poniendo un poquito de empeño, ya tenemos la victoria asegurada, porque según mi filosofía, con sólo empezar a subir el primer peldaño, si lo haces con decisión, ten por seguro que ya casi has llegado arriba.

HOLA!

Primero de todo quiero pedir disculpas porque ni el viernes ni el sábado escribí. Han sido unos días líados, y aún siguen, pero más tranquilos. Por eso, os cuento esto:

El pasado día 21 fue el primer domingo de Cuaresma, y escuché el oficio con mi madre. En un momento el Cura habló del Padre Nuestro y dijo una gran verdad: pedimos q se haga su voluntad y ¿lo cumplimos? pedimos el pan de cada día pero ¿pueden los pobres rezar así? Pedimos que nos libre del mal_igno_ pero ¿lo hacemos siempre, o sólo cuando acecha ese mal?

Fue una homilía interesante.

Cap. VIII 5

No te aconsejo, para nada, que actúes como un borreguito y digas “si, si” a todo el mundo. Desde luego, yo eso no lo hago. Me refiero más bien a aprender a callarse para evitar una pelea. Yo sé por propia experiencia que cuesta muchísimo sacar fuerzas suficientes para conseguirlo. Ahora bien, si eres capaz de sacar fuerzas para todas esas cosas que haces casi sin pensar, a veces incluso sin tener ganas, pero que aún así las haces porque sabes que hay que hacerlas; si tienes el valor suficiente para esto, cuánto más fácil te resultará encontrar ese mismo valor tratándose de algo tan deseable como la paz. ¡Merece la pena! Incluso cuando tengas que luchar un poco por conseguirla.

Te damos gracias, Señor, porque has depuesto la ira y has detenido ante el pueblo la mano que lo castiga. Tú eres el Dios que nos salva, la luz que nos ilumina, la mano que nos sostiene y el techo que nos cobija. Y sacaremos con gozo del manantial de la Vida las aguas que dan al hombre la fuerza que resucita. Entonces proclamaremos: “¡Cantadle con alegría! ¡El nombre de Dios es grande; su caridad, infinita! ¡Que alabe al Señor la tierra! Contadle sus maravillas. ¡Qué grande, en medio del pueblo, el Dios que nos justifica!”.

Pastor, que con tus silbos amorosos me despertaste del profundo sueño, tú me hiciste cayado de este leño en que tiendes los brazos poderosos. Vuelve los ojos a mi fe piadosos, pues te confieso por mi amor y dueño, y la palabra de seguir empeño tus dulces silbos y tus pies hermosos. Oye, Pastor, que por amores mueres, no te espante el rigor de mis pecados, pues tan amigo de rendidos eres. Espera, pues, y escucha mis cuidados. Pero ¿cómo te digo que me esperes, si estás, para esperar, los pies clavados? Amén.

Cap. VIII 4

Ya sé yo que no todo el mundo estará de acuerdo conmigo. De hecho, yo sé muy bien que muchas personas prefieren dejar bien claro lo que piensan, aunque con ello puedan enemistarse con los demás. Hasta cierto punto, resulta lógico. Hoy –gracias a Dios- vivimos en un mundo libre en el que podemos decir todo lo que pensamos. Sería bastante necio por mi parte aconsejar a los demás que se callen sus ideas. Pero una cosa es cierta: si, como he dicho, vivimos en un mundo libre, igual de libre que eres tú para dar tu opinión, lo es tu interlocutor para manifestar su desacuerdo, provocando –muchísimas veces- una discusión bastante desagradable. ¡Es ahí donde te aconsejo paciencia, sólo ahí!

Cap.VIII 3

Y digo yo, si “tragas” de vez en cuando ¿qué  pasa? Pasa que muchas veces pierdes la “contienda”, pero a cambio ganas mil cosas: tranquilidad, respeto, autoestima, en una palabra, paz. ¿Qué piensas que es mejor, un momento de discusión que vuelva a repetirse día tras día y que cada vez te resulte más difícil de controlar, y  probablemente el día menos pensado te haga estallar, o bien un intento de buscar la paz a través del diálogo, o si éste parece casi imposible, a través de su contrario, el silencio? Te doy mi palabra de que funciona, de que no te convierte en una persona más débil, sino, muy al contrario, en alguien mucho más sensato, infinitamente más fuerte y desde luego, mucho más feliz ¿No es la felicidad lo que todo el mundo busca? ¡Pues fíjate qué manera más fácil de empezar a encontrarla!

Dame tu mano, María, la de las tocas moradas; clávame tus siete espadas en esta carne baldía. Quiero ir contigo en la impía tarde negra y amarilla. Aquí, en mi torpe mejilla, quiero ver si se retrata esa lividez de plata, esa lágrima que brilla. Déjame que te restañe ese llanto cristalino y a la vera del camino permite que te acompañe. Deja que en lágrimas bañe la orla negra de tu manto a los pies del árbol santo, donde tu fruto se mustia. Capitana de la angutstia: no quiero que sufras tanto. Qué lejos, Madre, la cuna y tus gozos de Belén: “No, mi Niño, no. No hay quien de mis brazos te desuna”. Y rayos tibios de luna, entre las pajas de miel, le acariciaban la piel sin despertarle. ¡Qué larga es la distancia y qué amarga de Jesús muerto a Emmanuel! Amén

Cap. VIII 2

Seguro que, igual que a mí, hay mil cosas que te ponen de los nervios, situaciones que, sin que sea esa tu intención, se te van de las manos y al final o tú o alguien, acaba pasándolo francamente mal. Todas estas cosas te irritan sobremanera y, lógicamente, te acabas poniendo en un estado muy lejano a la paz ¿y qué ganas con eso? O bien no consigues lo que quieres y te pones de mal humor, o bien lo consigues, tras una discusión en la que casi siempre dices cosas que no quieres decir, y todo eso acaba por no dejarte disfrutar de lo que sea que hayas conseguido finalmente.

Cap. VIII 1

Creo que, sin  lugar a dudas, una de las virtudes que más nos pueden ayudar a encontrar esa paz, es la paciencia. Yo sé muy bien de qué te hablo, porque he sido una persona terriblemente impaciente – y aún me falta mucho camino por recorrer, pero lo sigo intentando -. Sé que es una empresa difícil, pero también sé que no es imposible, y también sé que a medida que vas ganando un poquito más de paciencia, el camino se hace muchísimo más fácil. Yo misma he conseguido bastante paciencia gracias a lo mismo que buscaba. Quiero decir que para encontrar paciencia hay, precisamente, que ser muy paciente.