Mi fuerza

Estoy cansadísima. Como ya dije, he perdido fuerza en mis brazos. Como es lógico quiero recuperarla. Para ello debo hacer unos ejercicios, los mismos todos los días. Es agotador. Y exasperante porque no siempre salen bien.

Pero yo sigo, siempre seguiré adelante porque tengo quien me ayude y en quién mirarme. Con ´´el comparto sus momentos tristes, de dolor intenso, que me hacen ser consciente de lo mucho que me ama. Nos ama. Porque él es mi fuerza, y sé que nunca me abandonará. Ni a nadie que le pida ayuda, como yo.

La fuente

Pues si , el amor lo puede todo.

Ya dije que mis temblores disminuían pero seguían ahí. Hoy a la hora de comer constaté que también mis brazos habían perdido fuerza, con lo que me resulta difícil acercar el cubierto a la boca. Me quise enojar, pero entonces pensé en ese amor que todo lo puede, en tanta gente que me quiere y me ayuda, que incluso deja cosas qué hacer para ocuparse de mí, todo ese amor que me demuestran tantas personas que apenas me conocen, y por encima de todo, el amor de mi familia.

Todo ese amor se va acumulando en mi corazón, y eso es lo que me contagia las ganas de devolver ese mismo amor, viendo caras felices que me ponen feliz a mí, haciéndome ver que unos temblores molestos siempre serán vencidos por ese amor.

¿Os confieso algo? Es mentira que pensara todo eso. Me enojé un poco. Pero como sé que es la verdad, la escribo. Y esto si que me ha ayudado.

Gracias Dios, porque sé que eres la fuente de todo ese amor.

Mi dicha

Hoy me siento dichosa.

Si, he pasado unos días revuelta, por culpa de unos temblores en los brazos que me impedían -y me impiden- hacer todas aquellas cosas imprescindibles para llevar adelante mi día a día. Me dije «SI YA TENGO MI DISCAAPACIDAD, ¿POR QUÉ ESTO? » Y claro, ese pensamiento sólo aumentaba mis nervios, con lo cual mis temblores eran mayores. Afortunadamente, pues sé que es un privilegio, Dios vino en mi ayuda. Me dijo ¿TÚ CREES QUE GANAS ALGO PONIÉNDOTE EN ESE ESTADO? ¿NO SERÍA MEJOR SOSEGARTE Y DEJARME A MÍ CARGAR CON TODO?

Todo me pareció excesivo, pero sosegarme tenía buena pinta. Y como ´Él siempre se sale con la suya, conseguí tranquilizarme, y como consecuencia automática, mis temblores se atenuaron, y los que aún persisten, Dios me mandó fuerzas para soportarlos con amor, que es siempre LO ÚNICO que lo puede todo.

Ni pizca

Hola a todos. No escribí el miércoles pq tuve un problema con mi ordenador. Me dio rabia pq quería decir algo importante. Y es que no quiero que nadie piense que yo, al decir ilusiones frustradas quise dar a entender que yo misma me sienta frustrada. Nada más lejos de mi pensamiento . Tengo una discapacidad física. Por ello no pude hacer ciertas cosas. Eso en su momento me frustró. Ya no. Ni en mis peores momentos creo tener esas ideas. Ahora soy una persona feliz.. ¿y sabeis por qué? Pq el Señor me abrió los ojos, dejándome ver que la bondad de corazón es lo que de verdad importa. Y el aspecto exterior es secundario. Y como siempre digo, amar a los demás es lo que cuenta .

Y colorín, colorado…

Espero que os haya gustado. Yo lo escrib´´í con mucho amor. Por eso acab´´é enamorada de Miguel. Es un hombre tan tierno, tan bueno. Ya quisiera yo ser como él. Y vivir cómo él, una misión en África. Creo, bueno pienso, que por eso escribí esta historia. Para resarcirme de una de mis muchas ilusiones, frustradas por mi discapacidad física, y convertir, gracias a mi personaje de ficción, esa frustración en un sueño realizado.

Cap 117

El griterío proveniente del poblado le devolvió a la realidad. Se encontraba viejo, quemado por el sol, y encogido por el paso de los años. Pero una cosa aun le quedaba: entusiasmo. “Y” pensó “eso es lo que realmente importa”. Había ayudado a crear cientos de hogares. Y sin embargo, era este lugar, la aldea de su querido Atu, donde siempre se sentía bien, donde más creía ver a Dios. Ante ese pensamiento, un impulso desconocido le hizo caer  de rodillas y, con lágrimas en los ojos, dio gracias al Señor: porque había hecho posible su sueño, porque le había indicado el camino cuando llegó a África y se encontraba tan perdido, por haber logrado la felicidad de tantas personas. ¡Era su propia felicidad la que había logrado!.  Vio en su cabeza y en su corazón, pues sus ojos cansados ya poco veían, a una gente alegre y un sol que les calentaba. Sintió que el sol le calentaba especialmente aquel día, muy especialmente. Un niño pequeño salió corriendo de la aldea, en dirección al padre,

_“¡Pa Miky, Pa Miky!”

y se abrazó a él. Así es como le llamaban cariñosamente todos los niños de la aldea. Esos dos calores, el humano del niño, y el divino del cielo, le hicieron sonreír una vez más. Una voz desde el poblado llamó al chiquillo. Soltó al Padre y acudió a la llamada. Miguel no tenía un espejo. Pero tampoco le hizo falta. Sabía que Dios ya estaba en sus ojos. Y llorando, dijo:

_“¡Tío Miguel, tenías razón!”

          Al mismo tiempo Atu, avisado por el chiquillo de la llegada del Padre, salía a su encuentro. Al verlo de rodillas, corrió hacia él.

_“Miky, ¿qué te pasa?”

Miguel se alegró de ver a Atu allí. No se encontraba con fuerzas para entrar en la aldea.

_“Atu, mi querido Atu… creo… me parece que debemos despedirnos. Hasta algún día, dentro de mucho espero. Pero no pienso marcharme sin decirte… lo afortunado que me siento de haberte conocido… lo feliz que he sido en África… todo lo que me llevo…”

Atu, abrazado a su amigo, no dejaba de llorar.

Miguel cerró los ojos, y cuando los abrió, vio a Dios.

__________

Cap 116

Miguel volvió a sonreír emocionado al recordarlo.

Siguió pensando.

Había tenido los amigos más maravillosos del mundo.

Había pasado casi toda su vida en África, y no lograba encontrar en su cabeza ni una pizca de tristeza. Ante la adversidad, siempre encontró fuerza, voluntad y muy pocas quejas. Eso fue lo que le había ayudado a superar los momentos en que creyó no poder más. La vergüenza siempre le vencía, cuando veía que otros, sin duda en peor situación a la suya, seguían adelante. Era entonces cuando recuperaba el ánimo, cuando realmente se daba cuenta de que nada de lo hecho había sido en vano. Mirara donde mirara, sólo veía caras agradecidas, y esa gratitud fue siempre su mejor medicina. El mejor regalo.

Cap 115

Dos de los hombres enseguida siguieron a un nervioso Julio hasta el lugar donde había dejado a Jon. Cuando llegaron, viendo que sus primeros auxilios no daban resultado, decidieron llevarle al médico.

En cuanto llegaron, el doctor examinó a Jon y sonrió a Julio.

_“No te preocupes, ¡y deja ya de llorar, por Dios! Tu amigo se ha dado un buen porrazo pero no parece nada grave…”

 Un fuerte golpe en la puerta, y el llanto de una mujer, hizo que todos volvieran el rostro. La madre de Jon, gritaba:

_“¡Mi hijo, qué le pasa a mi hijo!”

Y acercándose a la camilla dijo:

_“Doctor, dígame qué le pasa, ¿se pondrá bien verdad?”

_“Se recuperará, si. Por lo que puedo ver, el corte que se ha hecho en la frente es poco profundo, pero juzgo oportuno trasladarle a un hospital, porque ha tragado bastante agua y eso puede ser peligroso…”

La madre de Jonás estuvo a punto de desmayarse, si no fuera porque su marido la sujetó. El médico se dirigió a Julio y viendo el estado de nerviosismo que tenía, le preguntó, procurando que su voz fuera suave:

_“Dime Julio, ¿qué ha pasado?”

_“Fuimos… fuimos al río… queríamos pescar truchas… yo, yo estaba poniendo el anzuelo…  estaba de espaldas. No vi a Jon. Debió resbalar… y, y…”

Julio empezó a llorar aún más fuerte.

_“¡¡Al río!” gritó la madre “ ¡Dios mío, cómo se os ocurre ir al río, con lo revueltas que están hoy las aguas! ¿Por qué, por qué? Y ahora mi niño Dios sabe lo que le pueda pasar…” y empezó a llorar con desesperación.

Julio no sabía qué hacer, estaba completamente aterrorizado. Ahí estaba su mejor amigo, tumbado, sin poder hablar, ni moverse, ni nada,  y todo era por su culpa. Si, era su culpa, él le había convencido para ir. Él sería el único responsable de lo que le ocurriera a Jon. Salió  por la puerta corriendo, aguantando el dolor de su pie, y se dirigió a la iglesia. Abrió de golpe el portón, asustando a los pocos feligreses que había y se arrastró como pudo hasta el altar del Sagrado Corazón de Jesús. De rodillas ante Cristo, como tantas veces habían hecho Jon y él, dijo lloriqueando:

_“¡Dios mío, salva a Jon, por favor, salva a Jon!”

Empezó a decir el Padre Nuestro, pero en su cabeza aparecía una y otra vez la imagen de su amigo. Nunca podría imaginarse un futuro lejos de él, sin sus consejos, sin su compañía… ¡Nunca!

_ “¡Jesús, no permitas que Jon muera! Yo sé que no debí llevarle allí… Por favor ¡perdóname, perdóname! ¡Padre, si le ayudas ahora, yo a cambio, te prometo que le ayudaré toda mi vida, y nunca dejaré que lo pase mal. Yo sé que le amas, lo sé, porque él te quiere tanto, tanto, como yo…” y rompió a llorar.

          Miguel pensó en el final de aquella aventura, una lealtad como pocas veces había  visto.

Jon se curó, aunque le quedaron ciertas secuelas que Julio nunca se perdonó. A su vez, éste no quiso decir nada de su pie hasta que su amigo estuvo fuera de peligro. De algún modo, fue su propio castigo. Sin embargo  llegó un momento en que el chico apenas podía andar y su secreto fue descubierto. Pero ya fue demasiado tarde, su tobillo quedó fuertemente dañado, y eso le obligaría a arrastrar una pequeña cojera de por vida.

Eso sí, Julio guardó siempre su palabra. Aunque tomaron caminos diferentes, nunca se separarían, y Jon, que nunca le echó en cara nada a su querido amigo, siempre tendría el apoyo y la ayuda de Julio.

          Miguel volvió a sonreír emocionado al recordarlo.

Cap 114

El chiquillo que jadeaba detrás, intentando alcanzar a su amigo, estaba ansioso por llegar al lugar que éste le había contado. Un sin fin de truchas le estaban esperando para morder el anzuelo. No tardaron en llegar. El lecho del río parecía algo revuelto, pero la imagen de los peces saltando uno por encima de otro les animó.

_“¡Cuantos hay!”

_“Ya te lo había dicho, venga…” le gritó Julio mientras cogía, presuroso, las cañas de pescar. A su lado, un  nervioso Jon ya se imaginaba aquella noche disfrutando del banquete, y siendo felicitado por toda su familia. En un momento que Julio estaba de espaldas, ocupado en colocar el anzuelo, Jon resbaló en la roca, dándose un fuerte golpe en la cabeza y perdiendo el conocimiento. Aunque el lecho del río no era profundo, la desgracia quiso que cayera con la cara dentro del agua. Su amigo no pudo oír la caída, porque el agua estallaba fuerte en las piedras, además del sonido que hacían las truchas al saltar fuera del río y dejarse caer de nuevo.  Cuando Julio se dio la vuelta, y vio a su amigo tumbado boca abajo en el agua,  se agachó apresuradamente para voltear a Jon, dándose cuenta horrorizado de que tenía una herida en la frente de la que no paraba de salir sangre. Su cara estaba morada.

_“¡Jon, despierta, Jon!” gritaba.

Pero su amigo no respondía. Julio sintió miedo.

_»¡que alguien me ayude!»

Pero sabía que no habría nadie cerca de allí. Era un lugar muy poco frecuentado, de hecho Julio era de las pocas personas que lo conocía. Trató de tranquilizarse. Lo primero que hizo fue arrastrar a su amigo fuera del lecho del río. Acto seguido se dio la vuelta y echó a correr hacia el pueblo, sin dejar de pedir ayuda. Tal vez alguien le oyera. Pero no fue así. Varias veces en el camino tropezó, con tan mala suerte que en la última caída se lesionó fuertemente el tobillo. Cuando por fin vio las primeras casas, y a algunas personas, les contó llorando lo ocurrido.

Cap 113

Miguel no podía ser más feliz, ¡Dios había enviado al Espíritu Santo a su querido Atu, como hiciera con él hacía ya tanto tiempo. Él mismo sintió ganas de llorar. Pero prefirió aguantarse y seguir escuchando.

_“Y lo más sorprendente era que ese llanto me producía alegría, una alegría inmensa, una alegría que jamás había sentido, así que seguí mirando a la cruz y me di cuenta de que ése era el Dios que yo quería amar.”

Miguel decidió que ya no tenía por qué contenerse y se echó a llorar, levantándose de la silla para abrazar a su compañero de fatigas y satisfacciones.

A partir de ese día Miguel empezó a contarle a Atu la vida de Jesús y todas las cosas que había hecho. Pero no sólo era el joven el que aprendía, el propio Miguel se sorprendía cuando su “alumno” le contaba cómo cada día su felicidad iba en aumento gracias a la oración, que Miguel le había enseñado y recomendado tanto. Y así, un día Atu decidió poner una gran cruz a la entrada de su pueblo, para que no sólo él fuera bendecido, sino que toda su aldea recibiera la protección de Dios.

          Ahí parado, dejando descansar su cuerpo y sobre todo su alma, se dio cuenta de lo inmensamente feliz que había sido su vida, desde su querida casa con esos padres tan maravillosos hasta llegar a África, punto final de su viaje. Y de su vida. Había sido tan afortunado… y todavía, sin él buscarlo, tuvo un flash en su memoria, y recordó de pronto aquella vieja historia que le había contado el Padre Jonás. La escena apareció tan nítida en su cabeza, que en un principio se asustó, pero lo que vio le hizo sonreir. En su memoria  aparecieron dos niños que corrían cerca de un riachuelo.

_“¡Vamos Jon, date prisa!”