Para mamá

Ya estoy aquí, en mi casa de Madrid,  tras  dos meses de estupendo verano en San Juan.

Aunque sé que ya he dicho esto varias veces, lo repito, así a lo mejor se os mete en el coco para siempre. Es la técnica que usó mi profe: Nos machacaba una y otra, y otra vez la lista de las preposiciones -por dar un ejemplo- y gracias a eso la sé de memoria.

Como  ya  os  conté, Dios me ha concedido un montón de cosas que realmente me eran necesarias pidiéndoselas con mucha fe y oración. Espero que a tí también. Pero hay algo que realmente me ha hecho comprender y sentir lo muchísimo que me ama Dios -y a ti eh- .

Anteayer es cuando iba a escribir sobre eso que me concedió, pero un contratiempo me impidió terminar. Por eso hoy lo continúo, y por eso puedo escribir sobre un hecho que sucedió después y es doblemente maravilloso.

Resulta que mi madre acaba de cumplir 93 años, y aunque está muy bien para su edad, no dejan de ser muchos muchos años, y lógicamente se siente mayor y cansada. Pero al volver de vacaciones parece que el cambio de clima y de lugar le afectaron, tanto que no quería comer, ni hablar, incluso su mirada parecía no estar viendo lo que tenía delante. Me acosté y entre lágrimas le rogué al Señor que la cuidara y se hiciera siempre su voluntad, pero que porfavor no sufriera.

Al día siguiente me levanté expectante, y cuando mamá entró al salón, acompañada de su cuidadora, me dirigió una mirada tierna mientras me decía con voz dulce: ¡hola, pochola! y se sentaba frente a su desayuno.

Fue como el Ave Fénix, renació de sus cenizas.

Gracias Dios porque Tu voluntad llega cuajada de amor y ahora no puedo ser más feliz.

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