CAP 105

Miguel estaba expectante. La promesa de conseguir que John sintiera el amor de Dios que creyó perdido al fallecer su mujer había sido una idea fija toda su vida. Nunca había dejado de rezar por él.  

_“Verás Miky, en todos estos años desde que te conozco, y desde que empecé a ayudar al pueblo, he ido sintiendo una satisfacción interior que…bueno, siempre creí que era simplemente eso, satisfacción interior. Dejé el alcohol por algún tiempo pero… Lamentablemente volví a caer en la bebida…”

John calló, bajando la mirada. Miguel recordó aquello. Ocurrió años atrás. El embajador le había contado lo sucedido, y lo mal y desesperado que le había encontrado al ir a visitarle en la clínica durante uno de sus frecuentes viajes a EEUU. Fue una crisis espantosa, pero afortunadamente, logró salir a flote.

_“Bueno John, olvida eso. Ya pasó. Conseguiste salir, ¿no? ¿Qué ocurrió después?”

_“Si, lo conseguí. Pero al salir de la clínica, continué durmiendo de una forma bastante agitada durante algún tiempo; empecé a tener muchos sueños. Y al despertar me acordaba perfectamente de ellos, como si fueran historias que hubiera vivido antes y las estuviera recordando, ¿me entiendes?”

Miguel asintió.

 _“y lo más curioso es que casi siempre podía sacar una pequeña moraleja del sueño. Y que si me la aplicaba, me sentía bien.”

Miguel quiso preguntar por qué su amigo no le había dicho nunca nada. Pero no hizo ningún comentario, pues pensó que la culpa de ello era probablemente los dichosos olvidos. Siguió escuchando. _“Al principio, me resultó gracioso, pero al cabo de los días me di cuenta de que todas esas ideas eran perfectamente aplicables para los demás. ¿Y sabes cómo lo noté? Verás, un día bajaba la escalera de casa y me encontré con una vecina muy anciana que conozco desde siempre y con la que nunca había hablado más allá del ¡buenos días, buenas noches! Y ya. Pero dio la casualidad de que la noche anterior había tenido un sueño súper extraño: yo vivía en un pueblo donde no conocía a nadie. Tenía un problema muy grave, pero claro, no sabía a quién recurrir. Estaba desesperado, caminaba por una calle desierta. Me  senté en un banco y me eché a llorar. Tenía la cara tapada con las manos, pero de pronto noté una mano en el hombro.

Anuncio publicitario