Cap 68

Era la segunda persona que me había dicho que mi destino era dar felicidad a más gente. Cuando ayudaba a mi tío en la iglesia, una anciana feligresa me dijo lo mismo, y por eso dejé mi pueblo y fui al seminario.”

_“Alomejor” interrumpió Don Paulino, ya excitadísimo, “las palabras del chico eran un  aviso del cielo para…”

_“Espere, espere, Padre. Deje que le cuente el final de la historia.

Ya han pasado unos días desde entonces y no había vuelto a pensar en ello. Ni siquiera recordaba lo que había hecho con ese billete.

Pero justo en ese momento  llegó Marta que me traía mi sotana lavada y planchada. Mientras la metía en el armario, me dijo:

_“¡Ah! Padre, por cierto, cuando fui a lavarla, encontré en el bolsillo un papel doblado. Debe tener más cuidado, porque yo ya soy vieja y muchas veces olvido mi buena costumbre de mirar en los bolsillos. Mi marido es  igual que usted ¿sabe? Más de una vez ha perdido notas importantes que aparecieron días después hechas trizas. Por eso ahora es más cuidadoso. ¡Sólo por eso, eh, no vaya usted a pensar que es por otra cosa! Para todo lo demás…¡uuuuh!… en fin. No quiero hablar mal de él. Aquí en la mesa se lo dejo. Disculpe que me vaya tan deprisa pero tengo mucho que hacer…”

“No se preocupe, vaya Marta” le dije algo aliviado; porque me reconocerá usted que Marta es buenísima mujer, pero a veces habla por los codos.”

Don Paulino rió con ganas, afirmando enérgicamente con la cabeza.