Cap 61

Salía de una esquina con paso veloz, y no pudo evitar precipitarse contra él, pero éste, haciendo muestra de su paciencia y su buen talante habitual, sonrió a la  niña. Detrás venía Don Severino:

_“¡Blanca, te he dicho mil veces que no dobles las esquinas corriendo!”

_“No la regañe Don Seve, sólo es una chiquilla de cinco años…” y subiéndola por los aires, gesto que hizo reír de pura felicidad a la niña, añadió: “…y además preciosa.”

Era cierto. La nieta del alcalde, hija de la joven Lydia, era una preciosa niña de cara alegre  y sonrisa permanente. Tenía el cabello negro y brillante como su madre. Miguel recordaba perfectamente el día que la casó. Era la felicidad personificada. Todavía se acordaba que, aunque algo nervioso al principio, ella fue quien, con su cara de dicha, le transmitió la paz y serenidad que necesitó. Había sido un enlace maravilloso para todos.

_“¡Padre, mire, mire!”

La pequeña le mostraba su última adquisición: una piedra redonda y aplanada de color rosa pálido.

_“¡Vaya, qué bonita!”

Dijo, dejándola en el suelo. La niña echó a correr, probablemente para enseñar su tesoro a la abuela.