Cap 31

Él me respondió que debía volver, pero yo le contesté que no lo haría si él no se marchaba. Dijo que siendo así, se iría. Nunca pensé que me estuviera engañando. Pero lo hizo, regresó. Cuando llegamos los milicianos y entramos, vi algo increíble. El párroco estaba quieto delante de la estatua del santo que habíamos colocado hacia unas horas. Le estaba echando incienso, ajeno a lo que ocurría a sus espaldas. Él no era tonto y sabía bien  que el olor no permanecería tanto tiempo. Uno de los chicos acercándose gritó:

_“¡¡Bufff, que peste hay aquí!! ¿Qué coño has echao, viejo?”

_“Es incienso. ¡ Y no huele mal! Hoy celebramos el día de San José y siempre se echa incienso a la estatua del santo que corresponda. Supongo que no lo sabías. Pero no serás tú quien me impida bendecir a San José.”