Semana Santa

Llegó la Semana Santa. El domingo 5 de abril era El Domingo de Ramos. Iba a ser la primera vez que llevaría La Palma en la acostumbrada procesión desde La Iglesia de las Maravillas hasta mi iglesia de Santa María del Monte Carmelo. Tuve que resignarme, aceptar la realidad y aprender la dura tarea de disfrutar de lo que entonces tenía. Vi las palmas, otras manos las llevaban, dándome un vuelco el corazón, pero enseguida la majestuosidad de la celebración, llena de fervor y amor, me hizo olvidar mis envidias iniciales, y pude disfrutar verdaderamente de aquel hermoso inicio de Semana Santa. Pronto llegarían los tres días santos, que siempre son tan importantes: el lavatorio de pies y la adoración a la Santa Cruz. Seguí los Pasos por la televisión. Viví cada instante con una pasión tal que me sorprendió. Quise creer que Dios me regalaba ese sentimiento para calmar mi tristeza por no poder vivir ese tiempo como antes, como siempre.
Pasé el Viernes Santo sufriendo cada momento y deseando que llegara cuanto antes el domingo. Y cuando llegó, fui la mujer más feliz del mundo, aun sabiendo que aquel momento iba a llegar, lo celebré con una alegría desbordante, como si aquello fuera el mejor de los regalos que pudiera recibir. ¡Y lo fue!