M.R.XXVIII

……….intentar hacer aquello  que  mi  Dios nos mandó: convertir  a mis hermanos . Una vez sentado, la cosa no pudo salir mejor cuando mi madre dijo»: Menuda siesta te has echado   ¿soñaste algo?». Enseguida pensé  que  me estaba brindando, sin saberlo, el camino para  mi discurso. Tras contarles mi sueño, con todos los detalles, y terminar diciéndoles lo bien  que  me  encontraba y lo feliz que  me sentía pese a mis muchas preocupaciones, pude constatar por su silencio, sus miradas de auténtica admiración y su medio sonrisa,  que mis palabras no habían caído en saco roto.  Cuando me  levanté para irme, daba gracias a Dios por mis palabras,  que eran suyas, y  al girarme  noté  Su agradecimiento  inundándome de paz y alegría el corazón.