¡Soy feliz!

¡Tú eres mi fuerza para vivir, y mi gozo de creer aun en medio de mi sufrimiento!

 

Esto lo escribí a principios de febrero. Y es lo más cierto que he escrito nunca.

¡¡¡¡ALELUYA!!!! Ya se fue el mal rollo. Más de un mes duró, con sus  parones misericordiosos -cómo en la inauguración de la expo se  papá o una convivencia con mi comunidad religiosa-, pero por fin se fue.   Y  puedo decir,  palabra por palabra, que Dios es mi fuerza para vivir, y mi gozo cuando sufro. ¿Y sabes por qué? Mira, cuando lo pasé tan mal, lógicamente no sentí ningún gozo -¡a ver si piensas que soy  masoca! ¡pues va a ser que no!-, pero ahora que me diento bien, sé, a pies juntillas, que Dios estuvo a mi lado todos los días, y que o único que hizo, a través del Espíritu Santo, fue «probar mi capacidad de sufrimiento para poder así darme más fuerza. ¡¡¡Y vaya si me la ha dado!!! Creo que la gente va a flipar conmigo escuchándome gritar la misericordia del Señor. Y preparaos vosotros, porque os voy a repetir esto mil veces porque ¡SOY FELIZ!