No perdamos la esperanza

No deben engañarnos las falsas esperanzas. En efecto, mientras no desaparezcan las enemistades y los odios y no se concluyan pactos sólidos y leales para el futuro de una paz universal, la humanidad, amenazada ya hoy por graves peligros, a pesar de sus admirables progresos científicos, puede llegar a conocer una hora funesta en la que ya no podría experimentar otra paz que la paz horrenda de la muerte. La Iglesia de Cristo, que participa de las angustias de nuestro tiempo, mientras denuncia estos peligros no pierde con todo la esperanza; por ello, no deja de proponer al mundo actual, una y otra vez, con oportunidad o sin ella, aquel mensaje apostólico: Ahora es tiempo favorable, para que se opere un cambio en los corazones, ahora es día de salvación.

Este texto procede del Concilio Vaticano II, hace más de cincuenta años. No voy a decir nada, pues sería repetirme, sobre la actualidad (efectiva) del escrito, sino de algo que veo esperanzador: si desde los años 60 venimos intentando instaurar la PAZ y, sin conseguirlo, Dios , como su iglesia, no pierde la esperanza y con su increíble misericordia nos permite seguir intentándolo, creo que debemos estar alegres, seguir buscando la paz, sin perder la esperanza, como Él.