relato mío

SONRÍA, PORFAVOR

Abro los ojos. Sonrío. Dios me regala un nuevo día. Me siento en la cama para ponerme las zapatillas. Al verlas, recuerdo a mi sobrino: él me las regaló. Me había dicho:

«Estas súper-zapatillas con carita de sonrisa para mi tía que siempre sonríe.»

Y claro, sonrío. En la ducha no dejo de cantar ni un momento. Ya en la cocina preparo el café y mientras lo bebo noto cómo mi gato me hace arrumacos en la pierna. Dejo mi taza, ya vacía, en la pila y lo cojo en brazos. Parece sonreírme, así que yo le devuelvo la sonrisa.

En el ascensor, camino del trabajo, coincido con dos vecinas: una ancianita maravillosa, que enseguida me mira.

«¡Buenos días Ana! Espero que todo vaya bien»

«¡Claro!»

Respondo, a la vez que me fijo en mi otra acompañante. Es mi vecina del séptimo, a quien, igual que a la señora mayor, conozco de toda la vida. La diferencia es que esta mujer, joven y soltera como yo, siempre está seria y probablemente, aunque no lo sé seguro, estresada. Eso sin embargo nunca me ha parecido razón suficiente para no saludarla, aún sabiendo que su respuesta será un seco «buenos días» mientras mira su reloj y no mis ojos.

En la calle sigo sonriendo a todos los que encuentro, sin importarme lo más mínimo sentir la ignorancia de algunos. Muy al contrario, yo todos los días les sonrío, con mi esperanza puesta en El Señor, que me ayudará a contagiarles mi alegría algún día.

En el trabajo, como de costumbre,  la eterna mezcla de rostros felices y otros cansados, no sé si de trabajar o de vivir. Pero yo enseguida sonrío y les cuento mi última gracia, para que todos rían y así nos contagiemos unos a otros esa linda sensación.

De  vuelta a casa, paro a comprar fruta y comento entre risas  con la frutera lo bien que me sientan las cerezas como pendientes, colgándome unas en las orejas. Con mi bolsa en la mano, llego al portal para encontrar ¡oh, desgracia! a  mi portera hecha un auténtico mar de lágrimas. En seguida me ve y, sin parar de sollozar, murmura:

«¡¡Ay señorita, no imagina… algo espantoso…»

Y me cuenta una historia tan triste, que prefiero omitirla. Sin embargo, soy de las que creen que nada hay en el mundo lo suficientemente triste como para no poder transformarlo en alegría. Así que eso hice. Me acompaña al ascensor y me despide con una sonrisa en la boca.

Ya en casa, y con mi gato en brazos, conecto mi aparato de música y me acurruco en un sillón para disfrutar de esa melodía, que me transporta siempre a un estado de paz increíble.

Tras una cenita rápida y un poco de lectura -siempre necesaria-, me voy a la cama. Cierro los ojos. Sonrío. Dios me regaló otro día más.