A resguardo

He aprendido que no nos podemos pasar la vida pidiéndole cosas a Dios. Lo que hay que pedirle es fuerza para conseguirlas por nosotros mismos. Y es que desde el  principio el Señor nos concedió todo, me refiero claro, a todo lo que necesitábamos para vivir. Y con eso, el hombre habría sido feliz. Pero no fue así. Y ahora nos toca trabajarnos nuestra felicidad. Lo bueno es que Dios no se llevó nada, ¿Por qué? Porque  Él nos ama. Lo que hizo fue ponerla  a resguardo, con la esperanza (como ves, no sólo el hombre tiene esperanza en Dios, también Él la tiene en nosotros) de que algún día supiéramos encontrarla y disfrutarla, porque Él hizo este mundo precisamente  para que lo disfrutáramos, antes del otro. Y ¿dónde lo escondió que nunca lo encontramos?  Pues aquí al lado, muy cerca de nosotros, dentro de nosotros. Si, en nuestro corazón. El problema está en que siempre creemos que lo que nos hace felices son cosas que puede que nos llenen, pero por un momento sólo. Y la verdadera felicidad, la que Él nos guardó, la que dura y nos llenaría por siempre, la que nos llevaremos a la vida eterna, está en el amor al  prójimo. Y algo tan sencillo, tan cercano, tan productivo,  lo practicamos demasiado poco.

Pero la felicidad sigue esperando.

A resguardo.

En el corazón.

Y con fuerzas la obtendremos. Pidámoslas.